Cada vez más en diferentes ámbitos se está profundizando en la diferencia entre lo complicado y lo complejo y de cómo nuestro enfoque a la hora de tratar las situaciones ha de ser totalmente diferente.
Las cosas complicadas son aquellas que, a pesar de tener muchas partes, estas están relativamente bien definidas y unidas entre si de un modo mas o menos sencillo, pero que nos da la posibilidad de tratarlas y estudiarlas de forma aislada. Al incidir sobre una de las áreas de algo complicado, en cierta medida podemos predecir como esta afectara a las demás.

Por otro lado, cosas complejas son aquellas hechas de múltiples partes que interactúan entre ellas y que debido a estas interacciones están constantemente cambiando. El alto número de interacciones que se producen, y el cambio generado a raíz de estas hacen que se vuelvan impredecibles a gran velocidad.

En el coaching si caemos en el error de entender al individuo como un ser complicado, realizaremos un acercamiento compartimentado tratando de aislar las partes y trabajándolas como si fueran unidades independientes. El peligro de trabajar bajo esta concepción es que haremos un coaching sintomático y los problemas desaparecerán momentáneamente pero acabaran volviendo, estaremos haciendo coaching al problema, no a la persona.
El ser humano es tremendamente complejo, con infinidad de interacciones tanto a nivel interno como externo y está inmerso en un proceso de cambio permanente. Eso hace que sea casi imposible trabajar sus problemas de forma aislada. Como coaches, líderes o compañeros de trabajo hemos de evitar la prescripción de soluciones al realizar un acercamiento a los problemas. Un abordaje en coaching desde el paradigma de lo complejo nos obliga a intentar realizar un acercamiento holístico a la persona (a ella en su totalidad) actuando como facilitadores para que el sujeto, desde su complejidad, encuentre aquellas soluciones que mas se adapten a su realidad.



