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Lo que no cambia entre generaciones

28 de mayo de 20263 min de lectura

He estado impartiendo la misma charla sobre liderazgo intergeneracional para un programa de desarrollo ejecutivo desde 2019. Desde entonces he tenido tres hijos y muchas cosas han cambiado. En las primeras ediciones hablábamos principalmente de Millennials. Ahora la GenZ ha tomado el protagonismo. Los temas de tendencia siguen rotando.

Pero hay una cosa que no cambia.

Cuando pido a los líderes en la sala que piensen en su líder ideal y me cuenten qué hizo esa persona por ellos, la respuesta es casi siempre la misma. No importa si son Boomers, GenX, Millennials o GenZ. Su líder ideal les escuchó. Mostró interés genuino. Confió en ellos. Les ayudó a crecer. Les protegió. Les encontró en su nivel de desarrollo y les dio lo que necesitaban en ese momento.

Esto se repite edición tras edición. Y mientras escucho la respuesta de hoy, la misma que escuché en 2019, sigo pensando lo mismo: si todos queremos básicamente lo mismo de un líder, ¿por qué seguimos hablando de la brecha generacional como si fuéramos especies distintas?

Lo que mantiene viva esa narrativa, al menos por lo que veo en mi práctica, es algo que llamaría egocentrismo generacional. Asumimos que estamos siendo empáticos con otra generación porque les tratamos como nos gustaría que nos trataran a nosotros, o como nos funcionó bien que nos trataran. Suena bien. Pero sigue siendo proyección. Lo que funcionó para nosotros no es necesariamente transferible a los demás.

Un ejemplo que veo a menudo. Un directivo me dice: les doy visibilidad, les llevo conmigo a cada reunión, les doy acceso a todo. A sus ojos, eso es ayudarles a crecer. Y muchas veces, sin darse cuenta, lo que están dando es exposición sin ningún sentido vinculado a ella. Para esa persona más joven, estar en la reunión sin saber por qué, sin una expectativa clara, sin que se le pida nada concreto, es una experiencia vacía.

La pequeña pieza que mueve esto no es complicada. Es decirles: ven, toma nota de lo que te parezca relevante, y luego hablamos. ¿Qué piensas? ¿Cuál es tu valoración? ¿Qué harías tú diferente? Cuando les guías con preguntas ajustadas a su nivel, la misma reunión deja de ser presencia y se convierte en participación con sentido.

Hay otra parte que veo a menudo. Estas generaciones llegan inmersas en el mundo digital, con una pandemia a sus espaldas y mucho cambio social, familiar y tecnológico. A veces les cuesta compartir cómo están o qué piensan. Y el líder, que no recibe nada, asume desinterés. Pero el silencio de alguien con menos experiencia no es desinterés. A menudo lo que falta es que el líder con más experiencia lo modele primero: comparta sus propias opiniones, sus expectativas, cómo se siente. Y solo entonces, con el tiempo, empezar a preguntar por ello.

Menos es más. Interacciones breves, frecuentes y enfocadas. Suelen ser mucho más efectivas que una agenda de exposición sin guion.

Y si me voy hoy pensando en una cosa, es esta: el círculo seguirá repitiéndose a menos que alguien haga algo diferente. Esa responsabilidad, en mi opinión, le pertenece al que tiene más experiencia y más recorrido. No al que acaba de llegar.

¿Cuándo fue la última vez que realmente preguntaste a la persona más joven cerca de ti qué necesita de ti, en lugar de darle lo que a ti te hubiera gustado recibir?

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