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¿Lo hice yo, o solo refiné outputs?

3 de junio de 20262 min de lectura

La IA no cambia tu patrón. Lo amplifica. El ambicioso ahora puede serlo sin techo. Subir el listón ya no cuesta, y lo que no cuesta, no se cuestiona.

Lo digo con conocimiento de causa, porque el patrón del que hablo es el mío. Y hace unas semanas me pillé en plena escena.

No con un cliente. Conmigo. Estaba trabajando en un material que objetivamente estaba bien. Un año antes lo habría dado por cerrado. Pero ahora notaba otra cosa: una insatisfacción nueva. Se podía iterar más. Se podía hacer más. Y subí yo solo el listón, sin que nadie me lo pidiera.

No fue una mala decisión. Fue una decisión tomada desde donde yo estaba.

Esa insatisfacción no se queda en un material. Se vuelve patrón. Si puedo hacer más, empiezo a comprometer más. Acepté muchas más cosas de las que habría podido sostener unos meses antes, confiando en mi nueva capacidad de producir gracias a la IA. La frase interna, al aceptar, era siempre la misma: confío en que podré crearlo, lo haré muy bien y con una calidad excelente.

Antes, subir así el listón tenía un coste inmediato y visible: el cuerpo, el tiempo, el desgaste. Ese coste era finito, y a veces era el propio motor que me empujaba a parar. La IA lo retira. Subir el listón ya no duele en el momento. Pero el precio no desaparece: se cobra más tarde, y por dos sitios donde no estaba mirando.

El primero es el agotamiento. Llega después, cuando los compromisos que acepté confiando en la palanca me dejan exhausto y entregando cosas de peor calidad de las que habría firmado sin ella.

El segundo me inquieta más, porque es más difícil de nombrar. Cuando miro lo que produje así, me doy cuenta de que muchas veces no es ni siquiera lo que tenía en mente. Y aparece la pregunta incómoda: lo que entrego, ¿soy yo, o estoy refinando outputs? Ya no he saboreado los contenidos de la misma manera. No he pensado el diseño de la misma manera que lo hacía antes. La herramienta me prometía perfección y, por el camino, me quitó el sabor.

Hace un tiempo dije basta. No a la herramienta, sino a tomar todo lo que me da solo porque puedo. La IA puede iterar hasta el infinito, y muchas de esas iteraciones son buenas. Ese es el problema: no para porque algo esté mal, para cuando yo decido. Y pasado cierto punto, lo que sale deja de ser mío. Por eso el principio de Covey, empezar con el fin en mente, tiene más relevancia que nunca: si tengo claro el final antes de empezar, construyo yo la estructura y dejo que la IA me ayude a levantarla, no que me arrastre —ni hacia comprometer de más, ni hacia iterar hasta perderme.

Sé hacer esta pregunta a otros. Me cuesta más hacérmela a mí.

Así que la dejo aquí, en voz alta, por si a alguien le resuena: en lo último que diseñaste, ¿seguías teniendo claro tu fin, o lo fuiste perdiendo iteración a iteración?

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