Todos los artículos

Entre el brillo fugaz y la luz duradera: La paradoja de la sobreexigencia

25 de febrero de 20253 min de lectura

 Hace días que le doy vueltas a esta historia y no puedo evitar sentirme identificado con ella de algún modo. Por eso, me he animado a escribirla, cambiando algunos detalles.

Se trata de la historia de Darío. Darío era una de esas personas que impactan: un ser brillante, lleno de energía, pasión y buenas ideas. Cuando estabas con él, siempre había algo en marcha, y su forma de hacer las cosas tenía algo que te enganchaba e impulsaba a unirte a lo que fuera con él.

Durante un tiempo, el resplandor de Darío fue innegable. Sumaba logros uno tras otro y parecía que nada podía detenerlo. Sin embargo, en esa imparable ascensión, Darío, sin darse cuenta y movido por la inercia, fue dejando atrás partes fundamentales de su vida.

Cada nuevo logro llegaba a costa de tardes que se alargaban hasta convertirse en noches sin descanso, en las que la tranquilidad del hogar quedaba eclipsada por la actividad constante de la oficina y las notificaciones incesantes. Poco a poco, las quedadas con amigos se convirtieron en un lujo escaso, y las llamadas a la familia quedaron relegadas a un “ya lo haré mañana”. Así, día tras día, el tejido de sus relaciones se fue deshilachando; y quienes lo habían admirado por su energía empezaron a sentir la sombra de una fatiga que, a diferencia de los logros, no se disipaba con la misma rapidez.

En su afán por brillar en todas partes, Darío olvidó que cada chispa requiere tiempo para renovarse. La pasión que lo impulsaba a destacar intensamente también lo llevaba a sacrificar momentos de intimidad con quienes quería, la serenidad de una tarde sin prisas y, sobre todo, el cuidado de sí mismo. Ese brillo inicial que fue una inspiración para tantos empezó a mostrar señales de desgaste: una sonrisa cada vez más difícil de encontrar, un entusiasmo menguante y la falta de calma y despreocupación tan necesarias para mantener la fuerza a largo plazo.

Así, mientras sus logros inmediatos seguían siendo reconocidos, el Darío que conocían su familia, sus amigos y sus colegas se transformaba poco a poco en alguien que, sin darse cuenta, había dejado de cuidar lo más valioso: a sí mismo y a las conexiones que daban sentido a su existencia. Era como una vela que arde intensamente por ambos extremos y que, con cada destello, pierde la posibilidad de seguir iluminando su futuro y el de los que lo rodean de forma sostenible.

A mi me ha pasado, en un momento sientes que todo es posible, que brillas intensamente y que cada logro te impulsa a seguir. Pero luego, en esas noches en las que el cansancio pesa y las risas con amigos o los momentos en familia se desvanecen, te das cuenta de que tu luz se está apagando. Esa sensación de haberlo dado todo, pero sentir que te falta lo más importante para continuar.

Esta historia no es solo la de Dario, igual también es la tuya. Es una invitación a detenerte un instante, a respirar y a recordar que, para seguir brillando, es necesario cuidar esa llama que llevas dentro. No se trata de dejar de esforzarte, sino de encontrar un ritmo que te permita disfrutar tanto del camino como del destino.

A veces, la paradoja de la sobre exigencia es que nos da la ilusión de avance, pero nos deja sin fuerzas para sostener nuestros sueños a largo plazo.

Quizás, si somos conscientes de esta paradoja, podremos encontrar el equilibrio que nos permita disfrutar del camino sin sacrificar lo más importante: nuestra propia luz.

¿Qué te parece tomarte un momento hoy para preguntarte: ¿estoy cuidando mi luz, o me estoy dejando consumir? 

Te dejo con una foto de uno de esos momentos que a mí me dan vida.

Un saludo.

 

¿Te ha resonado?

Si esto conecta con algo que estás trabajando, hablémoslo.

30 minutos por videollamada. Sin compromiso. Sabrás si puedo ayudarte y, si no puedo, te diré quién sí.

Agenda una conversación